Catálogo de Suicidios Extravagantes

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Seguramente recordaran ustedes la historia de la muerte del escritor japonés Yukio Mishima y de su supuesto amante Masatukatsu Morita. En aquella historia quedó en claro que, en el tema del suicidio, los japoneses, con su tradicional método de Seppuku, son muy dados a la espectacularidad. Sin embargo no son los únicos capaces de crear escenarios de muerte tan extravagantes; en la Antigüedad tampoco andaban escasos de ideas. Si tener que buscar demasiado, podemos encontrarnos con varios guerreros que, al verse vencidos por sus enemigos o humillados por sus mujeres, siguieron el ejemplo del mítico Ajax “el Grande”, quien terminó con su vida lanzándose sobre una espada que él mismo había fijado erecta en el suelo. Sin embargo no fue el primero ni el único en crear un estilo extravagante de morir. A continuación les dejo algunos de los más celebres suicidios de la historia.

Un Suicidio que Terminó en Masacre Colectiva

Busto de Periandro.

El primer suicida al que la historia dedica unas palabras es a Periandro (S. VI a.C.), uno de los Siete Sabios griegos. Resulta que él no sólo es el suicidad número uno por cronología (los datos indican que posiblemente murió en el 585 a.n.e), sino que también se dice que, siendo rey de Corinto, fue el primero en la historia que se rodeó de hombres armados, guardaespaldas, debido a que tenía muchos enemigos. Su tiranía fue tal que su hijo Licofón fue asesinado por sus enemigos como medida preventiva para evitar la continuación de la saga maldita que había empezado su padre.

Volviendo a su suicidio, que es el punto de esta entrada, Diógenes Laercio contó cómo el tirano corintio deseaba, sobre todas las cosas, evitar que sus enemigos descuartizaran su cuerpo una vez que se hubiera quitado la vida, por lo que elaboró un plan digno de Norman Bates. El monarca eligi­ó un lugar apartado en el bosque y encargó a dos jóvenes soldados que lo asesinaran y lo enterraran allí mismo. Pero las órdenes del maquiavélico Periandro no acababan ahí: Había encargado a otros dos hombres que siguieran a sus asesinos por encargo, los mataran  y sepultaran un poco más lejos. A su vez, otros dos hombres debían acabar con los anteriores y enterrarlos algunos metros después. Si creen que esto ya fue suficiente, no pensaban igual que Periandro, los asesinatos y entierros seguían hasta un número desconocido de muertos. En realidad el plan del sabio para que su cuerpo no pudiera ser encontrado era brillante, pero en lugar de suicidio tenía más visos de masacre colectiva.

Rigaut y la AGS (Agencia General del Suicidio)

Fotografia de Jacques Rigaut

Si Periandro creó escuela en el arte de la inmolación, el escritor Jaques Rigaut (1898 – 1929) fue un auténtico alumno aventajado del resto. “Mi libro de cabecera es un revólver […] y quizás algún día, al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoco y aprieto el gatillo”. Joyas como éstas saltaban los textos del poeta dadaísta, que escribió una obra titulada La Agencia General del Suicidio (AGS). Con este mismo nombre, fundaría una sociedad real, en la que aleccionaba sobre maneras matarse; de hecho llegó a ofrecer 5 francos a indígenas por ahorcarse.

Sobra decir que a pocos les sorprendió la noticia de su suicidio: Finalmente se había metido un tiro entre pecho y espalda un seis de noviembre de 1929, perfectamente instalado entre varias almohadas que evitaron que el impacto moviera su cuerpo. Si es que se trataba de todo un profesional…

Cuando se Pusieron de Moda los Baños Mortales

Quizás los casos que relataré a continuación no sean tan fantásticos como los dos casos mencionados anteriormente, pero podría asegurar que son igual de míticos.

Fotografia de Alfonsina Storni.

Por algún extraño y desconocido motivo, los escritores han tenido la estética sobre actuada en esto del suicidio, y el agua ha servido en más de una ocasión el perfecto escenario. Así el poeta español Ángel Ganiver fue realmente insistente con su deseo de morir, hasta que lo logró en su segundo intento.  La primera vez se lanzó al Mar del Norte, junto al puerto español de Riga, pero, para su mala suerte, fue rescatado por un barco; sin embargo, ni bien se descuidaron sus salvadores, el escritor volvió a lanzarse al mar, logrando esta vez su objetivo.

Más poético, quizás, fue el final de Virginia Wolf (1882 – 1941). La escritora inglesa había intentado quitarse la vida en varias ocasiones, hasta que lo logró en 1941. Aquel día, aquejada por un trastorno de doble personalidad, escribió una carta de despedida para su hermana y su marido, se llenó los bolsillos de piedra y se ahogó en el río ingles de Ouse.

De piedras y de agua va también, el suicidio de la escritora argentina Alfonsina Storni (1892 – 1938), quien se lanzó desde un acantilado en la ciudad argentina de Mar de Plata. Ese día se despidió de su hijo escribiéndole “Suéñame, que me hace falta”; y aunque quizás no todos la soñemos, seguro que todos alguna vez le cantamos “Te vas Alfonsina con tu soledad, ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?”.

Para esta entrada tuve ayuda de:

Revista Muy Historia N° 16.