Donde Hay Cruces No Se Orina

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Los tiempos cambian, y con ellos las costumbres, eso es una realidad. Como también lo es el hecho de que el cuidado de la higiene ha ganado importancia solo muy recientemente (si tomamos en cuenta el tiempo de vida de la humanidad, claro). Hace dos o tres siglos, la limpieza e higiene general no solo no eran prioridad, sino que incluso causaba extrañeza cuando alguien las tomaba por costumbre.

Francisco de Quevedo y Villegas, atribuido actualmente a Juan van der Hamen y a Diego Velázquez erróneamente en el pasado. Siglo XVII. (Instituto Valencia de Don Juan, Madrid).

Sin embargo, a lo largo de la historia se hicieron varios intentos con la ambición de mejorar la salud y el entorno de convivencia humano. Uno de ellos ocurrió en Madrid, durante el siglo XVII, y trae aparejado una curiosa anécdota de uno de los más grandes escritores y políticos de todos los tiempos, Francisco Quevedo.

Para los que no los conozcan Francisco Quevedo fue un escritor y político del siglo de Oro. Se trata de uno de los autores más destacados de la historia de la literatura española y es especialmente conocido por su obra poética, aunque también escribió obras narrativas y obras dramáticas. Asimismo, ostentó los títulos de señor de La Torre de Juan Abad y caballero de la Orden de Santiago. Su obra ha trascendido en el tiempo y espacio. Pero la historia que les voy a contar no tiene nada que ver con su escritura o su política sino con algo mucho más curioso.

Resulta que, como veníamos comentando, en el Madrid del siglo XVII existía la costumbre de dejar caer desde las ventanas el contenido de los orinales después de gritar aquello de “Agua va”, y además era muy común orinar en la calle, más concretamente en las esquinas, toda una especie de baño público en esos tiempos.

Como es de suponer ambas acciones tenían un mismo y único resultado: Pasear por las calles se hacía en muchos casos insoportable debido al hedor provocado por dichos líquidos. Con el afán de combatir esta situación los gobernantes decidieron que se colocara cruces en los sitios más “comunes” en los que la gente orinaba, y que junto a dichos crucifijos se colocara una inscripción que rezaba:

“Donde hay una cruz no se orina”.

Se suponía que aquella “norma” debía surtir efecto ante los peregrinos que orinaban en la vía pública. Y quizá fue así para algunos, pero esto no sirvió de ningún modo para el intelectual español Quevedo, quien en cierta ocasión, sintiéndose seguramente con muchas ganas de orinar busco sitio y lo hizo sin pensar en las cuestiones ya mencionadas.

Mientras orinaba vio la cruz y la frase, pero no se detuvo, sino que término de hacerlo y luego añadió:

… Y donde se orina no se ponen cruces”.

Todo un desertor de la ley este Quevedo.

Para esta entrada tuve ayuda de:

Sitio: erroreshistoricos.com