Mésie de Montespan, Un Marido Ultrajado (II)

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La última vez nos quedamos en la fiesta que Luis XIV decidió hacerle a su enamorada. Hoy continuaremos desde allí… Bah, desde un poquito antes:

Dos semanas antes de estos festejos, un hombre de aspecto sombrío, al que el rey mantenía alejado de la corte, y que por orden del mismísimo Luis XIV estaba cumpliendo un encargo militar “allá por donde Judas perdió el poncho” (muy, muy lejos, para los que no conozcan el dicho), llego al palacio sin previo aviso para saludar a su esposa. Como seguramente ya habrán podido deducir los lectores más avispados, el hombre en cuestión era nada menos que don Mésie de Montespan.

Resulta que Mésie de Montespan no estaba al tanto del hecho de que su esposa era la favorita del rey. Motivo por el cual le llamó enormemente la atención el hecho de que, cada vez que se cruzaba con un noble este se sonreía o cuchicheaba con algún otro. Al enterarse de las fiestas que Luis preparaba, se entusiasmó y quiso quedarse para presenciarlas (sin saber aún que eran en honor a su esposa). El primer día se presentó en la fiesta y se sentó enfrente de su esposa. Al parecer se trataba de un acto de comedia cuyo tema era el marido engañado. Pasaron algunos días y, finalmente, el entusiasmo de este buen hombre terminó perdiéndose, pues se terminó enterando de su desgracia.

Primero fueron datos parciales que lo fueron horrorizando lentamente. Por ejemplo, comenzó a notar que su mujer tenía ciertas extrañas familiaridades con el rey, luego notó los excesivos homenajes de los cortesanos para con una simple dama de la reina, como lo era su esposa, también notó que todos lo miraban demasiado, y que poco se le acercaban. Así fue descubriendo poco a poco la verdad, hasta que finalmente unos amigos le confesaron que su mujer andaba con el rey.

Mésie de Montespan enfureció coléricamente. No mantuvo los habituales comportamientos que solían tener aquellos que se enteraban de que el rey los ultrajaba. Había algunos que se alejaban de la corte, otros festejaban que el rey amara a su esposa, ya que en numerosas oportunidades recibían altas sumas de dinero. Cuando terminó una de las veladas, corrió hasta donde estaba su mujer, quien se había refugiado en casa de una amiga. Golpeó con furia la puerta, entró a los gritos en medio de la servidumbre, arrojó una mesa contra la dueña de casa, abofeteó a su mujer y luego trató de violarla, pero lo criados se lo impidieron. Finalmente maldijo al rey en voz alta.

Más tarde, escribió un panfleto que distribuyó entre los nobles, en donde citaba pasajes de las escrituras y además instaba a Luis XIV a devolverle a su mujer y atenerse al juicio de Dios. Con ello no logró nada.

Desesperado, Mésie de Montespan, hizo algo que en otros tiempos alguien ya había practicado: Trato de contagiarse de alguna enfermedad maligna, con objeto de trasmitírsela al rey por medio de su mujer. Algo que no le sirvió, pues su mujer le impidió tomar su derecho de marido en el lecho. Y así, Mésie de Montespan se quedó solo con su enfermedad. (Por si le interesa saber, esta técnica había sido utilizada por un individuo francés, quien no conozco su identidad por el momento, para contagiar a Francisco I, pero en aquella ocasión no tuvo éxito porque Francisco ya tenía sífilis para ese entonces).

Al ver que su maniobra no daba resultado, el marqués de Montespan se vistió de negro y dijo estar de luto por la muerte de su esposa, la cual está en realidad disfrutando de la vida con Luis XIV. Al parecer el rey terminó cansándose de él y acabó por mandarlo a prisión, pero como el asunto resonó (incluso en el extranjero), el rey prefirió ponerlo en un arresto más hospitalario, lo envió a Fort-l’Évéque (un asilo para locos). Allí, el marques pasó algunos meses y, como demostró buena conducta le permitieron volver a sus tierras.

Pero Mésie de Montespan no estaba dispuesto a zanjar la cuestión. Una vez en su hogar, volvió a representar su tragedia: A poco de legar, reunió a sus familiares y servidores, y les anuncio la muerte de su mujer y después le solicitó a un sacerdote realizar las exequias y el cortejo desfilo por el castillo. Había un ataúd negro forrado de telas, unos coros, después venia el marqués y sus hijos (aquellos dos que había tenido con Francisca). Para finalizar la cuestión como era debido, enterraron el ataúd y pusieron una lápida.

Como era de suponer, la noticia corrió rápidamente y espanto a todos en el palacio. Madame de Montespan tuvo desde entonces una guardia personal que debía cuidarle de los posibles ataques de este “demente’’ (su marido). Pero la cuestión no termina aquí. En 1674, Luis y Francisca recibieron una carta que los tranquilizó: El marqués de Montespan terminó por resignarse a lo irremediable, y aceptó una separación oficial. Se recluyó en sus tierras y no molesto más.

En los últimos años de su vida ya alejada de la corte, Madame de Montespan sintió culpa, su vida licenciosa del pasado le provocaba horror. Como penitencia se mortificaba el cuerpo con un cilicio que llevaba bajo el vestido.

Su confesor le aconsejo pedir perdón a su antiguo marido y que volviera a entregársele. Ella aceptó y acabó pidiéndole al marqués que la perdone y que le aceptara de vuelta, pero este se negó. Mésie de Montespan moriría un año después de aquella negativa, en 1701. Ella hizo públicos sus pecados, pidió que la enterraran al lado de su esposo, pero los familiares de este rechazaron su pedido. Francisca murió finalmente en 1707 a los 66 años de edad.

Para esta entrada tuve ayuda de:

Programa de la Venganza Será Terrible del Día 04-03-2010.

Más Info sobre Mademe de Montespan.