Testigos de la Historia: Un drama terrible por José Martí (II)

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Quedamos la última vez con la gente citada en la plaza Haymarket por la proclama del periodista Adolf Fischer, y allí se concentraron el 4 de Mayo de 1886 más de 20 000 personas.

Grabado que muestra la explosión en la Revuelta de Haymarket.

Luego de la pacifica manifestación, alrededor de las 21:30 de aquel día, el alcalde, quien había estado presente en el acto para garantizar la seguridad de los obreros, decidió darlo por terminado. Pero, los obreros, disconformes, continuaron con su reclamo, con gran parte de la concurrencia presente. Ante esta situación, el inspector de la policía, John Bonfield, consideró que habiendo terminado el acto no debía permitir que los obreros siguieran en ese lugar, y junto a 180 policías uniformados avanzó hacia el parque y empezó a reprimirlos. En medio de la confusión de la lucha campal, un artefacto explosivo estalló entre los policías produciendo un muerto y varios heridos. La policía abrió fuego contra la multitud matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Fue declarado el estado de sitio y el toque de queda deteniendo a centenares de trabajadores que fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía.

El 21 de Junio, se inició el enjuiciamiento y procesamiento legal de 31 trabajadores. Número que acabó reduciéndose a 8 condenados: Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar Neebe fueron condenados a prisión perpetua y trabajo forzado. Mientras que George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Vincent Theodore Spies, y Louis Lingg, fueron condenados a muerte.Las irregularidades en el juicio fueron muchas, violándose todas las normas procesales en su forma y fondo, tanto que ha llegado a ser calificado de juicio farsa.

Por aquel entonces, se encontraba en tierras estadounidenses como enviado del diario argentino La Nación el periodista cubano José Julián Martí Pérez, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria, quien relató una extensa crónica del suceso, de la cual les dejo un apartado:

Se reunieron en número de cincuenta mil, con sus mujeres y sus hijos, a oír a los que les ofrecían dar voz a su dolor; pero no estaba la tribuna, como otras veces, en lo abierto de la plaza, sino en uno de sus recodos, por donde daba a dos oscuras callejas. Spies, que había borrado del convite impreso las palabras: “Trabajadores a las armas”, habló de la injuria con cáustica elocuencia, mas no de modo que sus oyentes perdieran el sentido, sino tratando con singular moderación de fortalecer sus ánimos para las reformas necesarias: “¿Es esto Alemania, o Rusia, o España?” decía Spies, Parsons, en los instantes mismos en que el corregidor presenciaba la junta sin interrumpirla, declamó, sujeto por la ocasión grave y lo vasto del concurso, uno de sus editoriales cien veces impunemente publicados. Y en el instante en que Fielden preguntaba en bravo arranque si, puestos a morir, no era lo mismo acabar en un trabajo bestial o caer defendiéndose contra el enemigo, -nótase que la multitud se arremolina; que la policía, con fuerza de ciento ochenta, viene revólver en mano, calle arriba. Llega a la tribuna: intima la dispersión; no cejan pronto los trabajadores; “¿qué hemos hecho contra la paz?” dice Fielden saltando del carro; rompe la policía el fuego.

Y entonces se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el aire, un hilo rojo. Tiembla la tierra; húndese el proyectil cuatro pies en su seno; caen rugiendo, unos sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos de un moribundo desgarran el aire. Repuesta la policía, con valor sobrehumano, salta por sobre sus compañeros a bala graneada contra los trabajadores que le resisten: “¡huimos sin disparar un tiro!” dicen unos; “apenas intentamos resistir”, dicen otros; “nos recibieron a fuego raso”, dice la policía. Y pocos instantes después no había en el recodo funesto más que camillas, pólvora y humo. Por zaguanes y sótanos escondían otra vez los obreros a sus muertos. De los policías, uno muere en la plaza: otro, que lleva la mano entera metida en la herida, la saca para mandar a su mujer sin último aliento; otro, que sigue a pie, va agujereado de pia a cabeza; y los pedazos de la bomba de dinamita, al rasar la carne, la habían rebanado como un cincel.

¿Pintar el terror de Chicago, y de la República? Spies les parece Robespierre; Engel, Marat; Parsons, Dantón. ¿Qué?: ¡menos!; ésos son bestias feroces, Tinvilles, Henriots, Chaumettes, ¡los que quieren vaciar el mundo viejo por un caño de sangre, los que quieren abonar con carne viva el mundo! ¡A lazo cáceseles por las calles, como ellos quisieron cazar ayer a un policía! ¡salúdeseles a balazos por dondequiera que asomen, como sus mujeres saludaban ayer a los “traidores” con huevos podridos! ¿No dicen, aunque es falso, que tienen los sótanos llenos de bombas? ¿No dicen, aunque es falso también, que sus mujeres, furias verdaderas, derriten el plomo, como aquellas de París que arañaban la pared para dar cal con que hacer pólvora a sus maridos? ¡Quememos este gusano que nos come!. ¡Ahí están, como en los motines del Terror, asaltando la tienda de un boticario que denunció a la policía el lugar de sus juntas, machacando sus frascos, muriendo en la calle como perros, envenenados con el vino de colchydium! ¡abajo la cabeza de cuantos la hayan asomado! ¡A la horca las lenguas y los pensamientos! Spies, Schwab y Fischer caen presos en la imprenta, donde la policía halla una carta de Johann Most, carta de sapo, rastrera y babosa, en que trata a Spies como íntimo amigo, y le habla de las bombas, de “la medicina”, y de un rival suyo, de Paulus el Grande “que anda que se lame por los pantanos de ese perro periódico de Shevitch”. A Fielden, herido, lo sacan de su casa. A Engel y a Neebe, de su casa también. Y a Lingg, de su cueva: ve entrar al policía; le pone al pecho un revólver, el policía lo abraza: y él y Lingg, que jura y maldice, ruedan luchando, levantándose, cayendo en el zaquizamí lleno de tuercas, escoplos y bombas: las mesas quedan sin pie, las sillas sin espaldar; Lingg casi tiene ahogado a su adversario, cuando cae sobre él otro policía que lo ahoga: ¡ni inglés habla siquiera este mancebo que quiere desventrar la ley inglesa! Trescientos presos en un día. Está espantado el país, repletas las cárceles.

Otro dato relevante que no puede dejarse de lado es el importante hecho de que a los trabajadores estadounidenses los han privado de su propia historia. A diferencia del resto del mundo, donde se recuerda activamente y a veces con gran pasión la masacre de Chicago, en tierras norteamericanas se ha borrado el hecho de la historia. El “Labor Day” se festeja el 5 de Septiembre y no el 1 de Mayo. Los Mártires no son héroes, sino villanos. No se recuerda pasionalmente una lucha por mejoras e igualdad, sino se rememora un desfile anual. Por eso, siempre es importante recordar. Porque nuestra historia nos forma. Porque nos define. Y nos priva de olvidad quienes somos y porque luchamos.

La crónica completa AQUÍ.

Estudiante de historia en la UBA (Argentina) en sus últimos años de carrera. Apasionado por la historia desde muy chico, empezó esta página para compartir su pasión.

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